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24/8/10

Hipocresía

    De sólo pensarlo me deprimo. Pronto llegará Rodolfo, el insípido socio de mi marido. Tengo que vestirme bien y parecer una mujer radiante y hermosa, feliz ante su visita. No debe saber que lo desprecio ni que su presencia me causa tristeza. El vestido rojo, algún collar y el juego de pulseras que me regaló para mi último cumpleaños darán el necesario y justo brillo a mi persona. Rodolfo es lo suficientemente tonto o engreído como para creer, con tan simple artificio, que su compañía me agrada.
    Manuela preparó té y café, espero que no se haya olvidado de retirar las masas que encargué en la confitería. El pobre hombre no tiene más placeres en su vida que comer y hacer dinero. Todas sus visitas son iguales: llegará, me saludará con respeto y me adulará con el mismo tonito idiota y monótono de siempre. “¿Cómo está? ¡Qué hermosa se la ve hoy!” Siempre las mismas palabras, nunca cambia una sílaba o una coma. Después se pondrá a hablar con Nicolás de dinero, de acciones y de tasas de interés mientras traga, una a una, las masas. De tanto en tanto me consultará alguna nimiedad de la que no esperará respuesta alguna. Yo me limitaré a escuchar y esconder mi fastidio. Falta media hora para que llegue, mientras mi marido termina de afeitarse, tengo tiempo de desafinar el piano. Esta vez no pienso tocar, el reducido auditorio no es digno de mi arte.
    Suena el timbre, Manuela abre la puerta. ¡Pobre, el muy idiota me trajo flores!
    ¿Por qué insistirá en que nos reunamos en su casa? ¿Para mostrarme lo vacía que es su vida junto a Nélida? Pobre mujer, cree que un vestido ajustado y algunas alhajas darán brillo a su persona. Debe creer que soy medio estúpido porque siempre la saludo utilizando las mismas frases, pero me resulta tan odiosa que no me salen otras palabras; nunca fui un buen mentiroso. Suerte que Manuela prepara un excelente café para poder pasar esas masas compradas en la confitería de la esquina. Ella tomará té, cree que eso es lo que hacen las grandes damas. No debo olvidarme de hacerle alguna pregunta, cualquiera, total no entiende nada y no responderá. Espero que invente alguna buena excusa para no tocar el piano, mis oídos se lo agradecerán sinceramente. Para que mi oprobio sea mayor, le compraré flores; para mi consuelo, pensaré que son para su tumba.
    Pronto estaremos los tres reunidos. Qué sensación extraña y agradable es la de verlos juntos. Aunque ninguno de los dos me lo diga, sé que se detestan profundamente. Me divierte ver como lo disimulan y como fingen agradarse. Nélida intentará ponerse linda y él hará como que lo ha logrado, tocará el piano con odio y él la escuchará con el mismo sentimiento.
    Los detesto a los dos, pero no puedo separarme de ella porque nuestros hijos son mi única felicidad; tampoco de él, porque necesito de sus habilidades en la empresa para ganar dinero fácilmente. Estas reuniones inútiles son mi pequeño desquite y mi triste consuelo.

"Esdrelon"

6/6/10

La Vida después de la Muerte

  Hasta el momento, el fenómeno de la muerte es de difícil definición. Por algo el filósofo español Jorge Santayana (1863-1952) decía que "una buena manera de probar el calibre de una filosofía es preguntar lo que piensa acerca de la muerte."
  De esa manera, en el curso de la historia han surgido distintas ideas acerca de la muerte. Así, podemos encontrar una idea de la muerte en el naturalismo, en el platonismo, en el budismo, etc. También es distinta la idea de la muerte en las distintas culturas, en los distintos períodos históricos y en los distintos lugares que configuran una mentalidad colectiva.
  Así como hay ideas acerca de la muerte, en la misma forma encontramos distintas ideas sobre el destino del hombre después de la muerte. Éstas se expresan esencialmente en las diferentes religiones, mediante "fórmulas consoladoras" que prometen la inmortalidad en el más allá.
  La teoría de la reencarnación, por ejemplo, considera que al sobrevenir la muerte el alma del hombre emigra a otro cuerpo, esto es, reencarna. La serie de transmigraciones y reencarnaciones constituye a su vez una recompensa o un castigo; cuando hay castigo, las almas emigran a cuerpos inferiores; cuando hay recompensa, a los cuerpos superiores, hasta quedar, finalmente, incorporados a un astro.
  El budismo dice que las almas de los hombres pueden transmigrar, pero toda transmigración constituye un castigo. Para evitarlo hay que llevar una vida pura, única forma de superar la pesadilla de los continuos renacimientos. Siendo así, la existencia se sumerge en el nirvana, estado de serenidad inefable que se caracteriza por la cesación del sufrimiento y de la miseria.
  El Catolicismo asegura que hay sobrevivencia individual de almas, acompañada luego por la resurrección de los cuerpos. Al respecto, el converso Pablo de Tarso, atalayando el suceso conmovedor del Juicio Final escribió: "porque sonará la trompeta, y los muertos resucitarán incorruptibles."
  También existe una concepción naturalista que niega toda inmortalidad. Esa concepción dice que no hay sobrevivencia de ninguna especie. La vida del hombre se reduce a su cuerpo, y al sobrevenir la muerte, tiene lugar la completa disolución de la existencia humana.
  Pero esa disolución, en el pensamiento de Compay Segundo, tiene una connotación de eternidad: "Nosotros no morimos; nos transformamos. De nuestro cuerpo salen gusanitos que después, convertidos en mariposas, emprenden vuelo.Por eso digo a los niños que no cacen ni maten a las mariposas. Pudiera tratarse de un gran artista o de un gran poeta. Y en mi canción Clarabella concluyo diciendo 'Yo nunca pienso que me tengo que morir.'"
  Existen más concepciones sobre la muerte y sobre lo que viene después. Pero, independientemente de la idea que se te tenga, el hombre debe reflexionar sobre la fugacidad de su tránsito por la vida, y meditar sobre su destino.
  En ese sentido, la muerte y sus símbolos son en Masonería la preparación y la puerta de una mejor comprensión de la vida. No hay duda de que, reflexionando de esa manera, el hombre puede sacar conclusiones provechosas, que contribuirán poderosamente a modificar su fanatismo y sus pasiones.
  No olvidemos que la vida, bien lo decía Job, "es como una flor que se abre y luego se marchita." Pero en ese tránsito efímero se pueden hacer cosas buenas. La tarea del hombre en su paso por la Tierra debe ser constructiva.
  El hombre ha de dejar algún fruto, o muchos frutos, para que el día de su muerte la sociedad pueda sopesar escrupulosamente su obra, y si es buena, el juicio de la historia le condecerá la inmortalidad.
 
 

1/6/10

"Señal reveladora"

Era tarde en la madrugada y, como acostumbraba, entre bostezos e insultos, la Sra. Tawer se levantó para ir en busca de un vaso de leche tibia a la cocina –había oído en la radio que eso era bueno para el insomnio-. Lo que jamás entendería era esa sensación de cansancio y agotamiento que la obligaba a acostarse bien temprano, para luego no cerrar un ojo el resto de la noche. Había consultado a varios médicos sobre su trastorno, pero éstos no hicieron más que aconsejarle lo que ya sabía, y no resultaba. Muchos otros sugirieron ciertos medicamentos que le permitirían dormir aún mejor que antes, pero ella se negaba rotundamente, no quería “intoxicarse”. Mientras tanto su marido Alfred acompañaba la situación con ronquidos, ésos que ella tanto deseaba poder tener. Pero no había caso, y al final terminó por acostumbrarse.
Cada día que pasaba Julie se dedicaba a las cosas del hogar, miraba algo de televisión, hojeaba la revista que le llegaba diariamente y descansaba en el sofá que consideraba el más cómodo, uno tapizado con una tela decorada con palmeras y reposeras, que no quedaba muy acorde con la habitación en la que se encontraba, pero no le causaba molestia alguna, era su favorito. En cuanto a Alfred, él ya estaba jubilado al igual que su esposa, pero no había podido abandonar su viejo oficio que tantas satisfacciones le había dado, en su acogedor taller de carpintero a la vuelta de su casa; ya no cobraba por sus trabajos, sino que su labor pasó a ser definitivamente uno de sus pasatiempos, dedicándose a construir con creatividad todos aquellos elementos que creía, podían servirles y gustarles a sus vecinos. Su esposa, por el contrario, no estaba de acuerdo con esas ideas locas de su marido, y no había mañana en la que no tratase de convencerlo de que se quede en casa de una vez por todas y aparte de sus intereses a ese “roñoso” taller, tal como lo calificaba. Pero Alfred no sentía ningún fastidio por realizar aquella tarea y la consideraba la más interesante de todas.
A lo largo de los años estar despierta durante todo el día comenzó a irritar a la Sra. Tawer, quien ya había perdido la paciencia y también la esperanza de poder dormir nuevamente. Fue entonces cuando decidió pensar en qué podía hacer durante la noche que la mantuviese entretenida y lejos de preocuparse por lo que estaba atravesando. Se le ocurrió pintar, escribir, tejer y hacer manualidades, pero pronto se dio cuenta de que no tenía ninguna habilidad relacionada a esas opciones. Pero al mismo tiempo se planteó descubrir cuál era la razón por la cual había dejado de dormir. Ella no era médica ni psicóloga, pero sabía muy bien que nadie la conocía mejor que ella misma, y así supo que estaba en condiciones de hallar la respuesta. Probó a dormir en otra cama, en la habitación de al lado de la matrimonial, con un colchón más cómodo y sin ronquidos, pero no logró dormirse. Intentó entonces escuchar música hasta conciliar el sueño, pero sin éxito. Incluso realizó varios ejercicios sentada en su sofá para cansarse más de lo normal, pero tampoco alcanzó el objetivo. Concluía ahora que lo que le impedía dormir no era ni su marido, ni la cama ni su cuerpo. Era algo más, oculto y… ¿acaso desconocido?
El matrimonio Tawer siempre se consideró a sí mismo incrédulo, realista, práctico y resistente, aunque últimamente Julie dudaba de algunas de esas características. Por ejemplo, notó que en su cabeza aparecían ideas plagadas de fantasmas, espíritus y malas energías, cosas que hasta ese momento consideraba estúpidas y propias de la ignorancia. Decidió pensar con mayor claridad, pero no podía, la idea de que había algo sobrenatural dando vueltas por la casa la volvió loca y no paró hasta contratar a expertos en la materia; un martes por la tarde, después de la siesta y de que Alfred se fuese al taller, dos mujeres vestidas con prendas egipcias y un hombre con un taparrabos blanco, pelo largo y barba llegaron a la casa. La Sra. Tawer temió al verlos, pero se tranquilizó al instante al enterarse de que se trataba del equipo de espiritistas que había contratado a escondidas de su esposo. Los tres sujetos llevaban nombres extraños, y le advirtieron a la mujer que no los pronunciase jamás si quería seguir protegida por los santos. No vale la pena aclarar que Julie se arrepintió de su decisión de traerlos a su casa, pero recordó su propósito y supo que debía tratarlos amablemente.
La más joven de las mujeres, de cabello corto y rubio, hizo la señal de la cruz antes de ingresar al domicilio, y gritó una frase inentendible, aborigen de acuerdo a lo que aclaró luego, que, según ella, le avisaría a cualquier espíritu presente que alguien llegaba para enfrentarlo. La segunda mujer, morocha y más alta que la primera, entró a los saltos imitando a un gorila, animal que intimidaría a ese tal espíritu presente, y el hombre, que entró en último lugar, gateó en círculo por algunos segundos aclarando que simbolizaba al huracán de las tinieblas, el cual succionaría al espectro una vez que lo atrapasen. La Sra. Tawer no podía creer lo que veía, era como un espectáculo de circo pero tenebroso. Sin embargo, estaba dispuesta a aceptar lo que sea para solucionar su problema.
Durante dos horas y media los tres espiritistas recorrieron la casa cantando y bailando grotescamente, mientras Julie, que no se animaba a interrumpirlos, deseaba que no aparezca Alfred, que seguramente llamaría a la policía. Cuando terminaron ese escandaloso ritual, las dos mujeres se echaron al piso formando una V corta, y luego el hombre se recostó sobre ellas y de esta manera formaron la letra A, comentando que era el comienzo, el inicio, el origen de todo, y que a ella se debía la existencia de los cuatro elementos. Julie asentía con su cabeza a todo lo que decían mientras cruzaba los dedos índice y mayor de su mano derecha detrás de su espalda. De repente los tres se levantaron bruscamente, abrazaron a la señora, le dijeron que se quede tranquila porque no habían hallado nada perjudicial y que había sido un gusto conocer su casa. Julie se apresuró a cerrar la puerta con llave apenas salieron, y comenzó a ordenar rápidamente las prendas, los libros, los adornos y la vajilla que quedaron desparramadas por toda la casa, antes de que Alfred regresara.
A la mañana siguiente la Sra. Tawer descubrió que faltaba parte del dinero de su jubilación, el que guardaba en su mesita de luz, y pronto comprendió el error que había cometido: solicitar ayuda a tres maniáticos estafadores que no hicieron otra cosa que abusar de su tiempo y su confianza. Se dirigió a su cómodo sofá y rompió en llanto. Ahora se daba cuenta de lo que puede llegar a hacer una persona si se encuentra desesperada.
No fue hasta después de dos meses que Julie se atrevió a confesarle a Alfred lo que había hecho. Él no se mostró enfurecido, pero sí profundamente decepcionado de su esposa: ella no siguió sus principios y ni siquiera apeló al sentido común a la hora de actuar. Pero lo que más le molestaba, obviamente, era que se lo ocultó y no depositó en él la confianza que se merecía para tratar juntos la cuestión. Desde aquel momento la relación entre ambos no fue la misma, nunca antes existió un secreto que los dividiese, ellos estaban acostumbrados a compartirlo todo. Fue por eso que Julie hizo todo lo necesario para recomponer su vínculo con Alfred y se mostró de nuevo despreocupada acerca de su insomnio como solía hacer antes. Todo parecía tomar el rumbo correcto a la tranquilidad a la que acostumbraban.
A medida que pasaba el tiempo, la Sra. Tawer continuaba con sus recorridos nocturnos sin mayores cambios, hasta que lo increíble volvía a su vida más concretamente que nunca: mientras tomaba un té de tilo, obsequio de una vecina, al mirar hacia el techo, en grandes letras color oro, se mostraba un mensaje con la respuesta que buscaba desde hacía años y años, pero que no dejaba de resultar asombroso...
“¿Para qué quieres dormir si no tienes por qué hacerlo?; le debes tu vida a la sabia noche, y aún así no te muestras agradecida. No atentes contra la que es tu única alternativa, y contempla la luna con mejores ojos.”
La Sra. Tawer ahora lo comprendía todo: sus sueños de pequeña, sus delirios adolescentes y sus manías adultas. Todo giraba en torno a su esencia y a sus pretensiones, y sintió que había fallado; necesitó desorientarse para darse cuenta y continuar. Y por si fuera poco, debía abandonar cuanto antes a Alfred, quien, por su parte, iría temprano en la mañana a la ferretería para reponer su pintura dorada, esa tan especial y casi mítica.

Juan I. Tolopka

28/4/10

El prêt à penser

   Vivimos entre mundos; los que fueron, los que están siendo, los que se avizoran de lejos, entre brumas.
   Ayer fue la seguridad. Hoy es la incertidumbre.
   Stefan Zweig, en su libro autobiográfico El Mundo de Ayer, comienza afirmando:

"Si me propusiera encontrar una fórmula cómoda para la época anterior a la Primera Guerra Mundial, a la época en que me eduqué, creería expresarme del modo más consistente diciendo que fue la edad dorada de la seguridad. En nuestra casi milenaria monarquía austríaca, todo parecía establecido sólidamente y destinado a durar, y el mismo estado aparecía como garantía suprema de esa educación."

   Lo que era estaba destinado a durar; las cosas, los objetos, las carreras, los logros, las casas, las familias. Seguridad de la perdurabilidad de las relaciones en la vida de cada uno y después de ella, en la vida de los hijos y de las previsibles generaciones futuras.
   Hoy es el mundo de la pasajeridad; los artefactos ya no se arreglan, se cambian; los autos son para dos o tres años; y así también con las relaciones humanas.
   La política, e inclusive los credos religiosos azogados, se aggiornan para que la prisa del movimiento no los devore como vetustos recuerdos.
   No estamos a mitad de camino; más bien somos la mitad por donde se cruzan caminos contradictorios de mundos encontrados.
   Lo sólido, lo endeble y lo gaseoso se mezclan para configurar el terreno incierto bajo nuestros pies. Unos y otros apelan, entonces, al prêt à penser.
   Así como desfilan por las pasarelas las niñas esbeltas y los varones saludables enseñándonos a todos cuál es el prêt à porter que nos hará bellos, del mismo modo desfilan por el aire, la radio, la TV, la peluquería, el cóctel, el prêt à penser de las ideas.
   El vestido prefabricado que nos queda bien a todos. Por eso en algún momento del día, en la ancha avenida peatonal, todos somos iguales en edad, en sexo, en apetencias, en ideas acerca de la economía, la democracia, el SIDA, los marines, la preservación de las focas.

Nunca hubo tanta igualdad en la humanidad.

   No es igualdad. Es uniformidad. Es aplanamiento; las ganas de ser nadie. Nos gusta así, nos proporciona calor de rebaño, la seguridad de que todos somos iguales, comemos lo mismo, bailamos a la misma hora, aplaudimos la misma película, todos de sport, o todos de gala, según sea la orden tácita que corre sutilmente entre todos; todos a favor de la economía de mercado, todos en contra del aborto, todos buenos, todos inteligentes, todos repitiendo lo mismo de Boca, del beso, del sexo, de educación, de actrices, del colesterol, de los derechos humanos, de la mujer manejando autos.
   No pienso, pero existo.
   Mi problema es la libertad.
   La libertad está a disposición de todos.
   Pero hay que ser libre para algo. Somos tan libres que nos toca elegir también el para qué de la existencia.
   La libertad que no se usa se torna neurosis. Soy de nadie. Nadie es mío. Ni mío soy. Hay que vivir todos los días, hay que cumplir días.
   La alternativa es pensar el prêt à penser.
   No elegiste tu vida, hijo; pero te toca elegir para qué vives.

En "El miedo a los hijos", de Jaime Barylko.

13/4/10

"Otro lugar parecido"

Existe un lugar
en donde casi todo sucede,
pero es necesario que quien entre
esté dispuesto a creer en lo que ve.

Ese sitio no está cerca ni muy lejos, si eso hace a la distancia,
y tampoco se lo puede encontrar de forma exacta,
es más un invento de lo que lo real se abastece
a la hora de huir de los hechos anticipados.

Puede que muchos lo hayan visitado,
pero no hay pruebas de ello,
es así como debió ser en todo momento
o como quiso el azar que ocurra.

¿Cómo pretender compartir algo así
si todos lo han descrito a su manera,
cuando en verdad no existe tal cosa
sino que surge a propósito en un descuido?

Quien haya estado en ese lugar sabe perfectamente
que no ha estado,
o seguramente desconoce el motivo de aquella ausencia.
Y esta suerte que hace que las puertas se abran naturalmente.

Todo coexiste allí,
más nada persiste,
porque es prudente ser testigo
de lo que no nos interesa.

Un modo de contar lo acontecido
puede ser hablando de lo atractivo de las acciones,
pero otro más recomendable
es citar sólo lo que se ha visto.

Porque no todo retrato que allí vive
está dispuesto a mostrarse
como un personaje increíble
cuando, en realidad, no ha interactuado con nadie.

Es por eso y mucho más que al intentar explicar
no aparecen las palabras adecuadas,
tal vez porque hay demasiadas
o porque ese lugar las requiere primero.

Juan I. Tolopka

12/4/10

Fragmento de "El príncipe" de Federico Andahazi.

     
      "La materia del príncipe debe estar constituida por la misma substancia de la que están hechas las promesas. El valor de la promesa no ha de estar dado por su cumplimiento, sino, al contrario, por su dilación indefinida en el tiempo. Una promesa cumplida genera en el vulgo, al contrario de lo que indicaría el sentido común, una profunda decepción. No existe obra más magnánima que aquella que reside en la imaginación. La realidad nunca puede superar en perfección a la idea. De manera que cuanto más ideales e irrealizables sean las promesas, tanto más fuerza tendrá en las ilusiones del vulgo. Siempre será mucho más tenido en estima aquel que se presente como un idealista soñador que el que concrete en la realidad sus obras que, irremediablemente, siempre se verán más torpes y deslucidas que la idea que de ellas había generado. Una mujer siempre es más bella, más sublime y deseada mientras nos es ajena. Su encanto disminuye ni bien conseguimos tenerla en nuestros brazos. A tal punto esto es innegable que las propias Tablas de la Ley nos prohíben, no ya a la mujer del prójimo, sino al propio deseo sobre ella. Un objeto nos será apetecible cuanto más se dilata nuestra espera y, al contrario, se desvanecerá el interés sobre él tan pronto como lo poseamos.
      La propia figura del príncipe deberá obedecer a este principio. Tendrá que entregarse al vulgo con la misma etérea perfidia de una mujer fatal. Alternativamente deberá mostrarse enamorado de sus súbditos y, al día siguiente, evasivo y escurridizo del fervor popular. Nunca un amante puede mostrarse posesivo y mendicante de amor. El príncipe debe proceder como el amante perfecto: si para conservar la estima del vulgo tiene que posponer el cumplimiento de una promesa, habrá de estar dispuesto, también, a privar al vulgo de su propia presencia para hacerla infinitamente más deseable."

Fragmento de "El príncipe", de Federico Andahazi, Año 2000.
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